Escalar
Pterophyllum scalare

Escalar

Cuerpo alto, aletas largas y un carácter que cambia con la edad: de joven nada en grupo, de adulto defiende su territorio y elige pareja. Más que litros, necesita altura, porque un acuario largo pero bajo no le sirve.

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Ambiente
Agua dulce
Tamaño adulto
Macho: 10–15 cm
Hembra: 10–15 cm
Más de 20 cm de alto con las aletas
Nivel de cuidado
Medio
Comportamiento
Social, Territorial
Social de joven, vive en grupo; de adulto se vuelve territorial, forma parejas y defiende su sitio de desove
Esperanza de vida
Hasta 10 años
Más de 10 años con buen cuidado
Tamaño acuario
200 litros (mín)
200 litros, con 100 cm de frente y 50 cm de alto, para una pareja o un grupo de 5. La altura importa más que el volumen
Zona de nado
De aguas medias

Mide entre diez y quince centímetros de largo y, con sus aletas, puede superar los veinte de alto. Su historia empieza con un error: los primeros científicos que lo estudiaron lo clasificaron como un pez de mar. Doscientos años después, todavía no sabemos con certeza cuántas especies se esconden bajo su nombre, y el que ves en las tiendas ya es genéticamente distinto del que sigue viviendo en los ríos. Este es el escalar, del género Pterophyllum, y su identidad ha sido un enigma desde el principio.

Y no es una sola especie: el género tiene tres especies reconocidas, todas de Sudamérica. El escalar común, Pterophyllum scalare, vive en la cuenca del Amazonas en Perú, Colombia y Brasil —en los ríos Ucayali, Solimões y el propio Amazonas—, en los ríos del estado de Amapá en Brasil, en el Essequibo de Guyana, en Surinam y en el Oyapock de la Guayana Francesa. El altum, Pterophyllum altum, vive más al norte, en afluentes del alto Orinoco como el Atabapo y el Inírida, entre Colombia y Venezuela, y en la cabecera del Río Negro, hasta el extremo norte de Brasil. Y el más pequeño, Pterophyllum leopoldi, habita el Amazonas brasileño entre Manacapuru y Santarém, y el río Rupununi en Guyana.

Los tres prefieren aguas tranquilas: zonas inundadas y pantanos, con vegetación densa, raíces y ramas sumergidas, en aguas claras o turbias. Ahí su cuerpo cobra sentido: aplanado como una hoja y más alto que largo, le permite deslizarse entre los tallos, y sus barras verticales oscuras rompen su silueta entre la vegetación. Es un cazador paciente de pequeños crustáceos, larvas e invertebrados, y también de alevines de otros peces.

Esa forma fue justamente lo que confundió a la ciencia. A comienzos del siglo diecinueve, el naturalista Friedrich Wilhelm Sieber recolectó ejemplares en el bajo Amazonas, en una zona que llega hasta el río Tocantins, cerca de Cametá, en el estado brasileño de Pará. Terminaron en el Museo Zoológico de Berlín, y en 1823 Ferdinand Schultze describió la especie, no en una revista científica, sino en un catálogo que el museo usaba para vender los ejemplares que le sobraban. La llamó Zeus scalaris: el género del pez de San Pedro, un pez marino. En 1831, Georges Cuvier la movió a Platax, el género de los peces murciélago, también marinos. Recién en 1840, Johann Jakob Heckel le dio un género propio: Pterophyllum, que en griego significa algo así como aleta en forma de hoja.

La confusión no terminó ahí. Como llegaban escalares de ríos distintos, con formas y colores distintos, se describieron especies que después resultaron ser el mismo pez, como Pterophyllum eimekei, un nombre que los acuaristas usaron durante décadas. Mientras tanto, aparecieron las especies reales: en 1903, Jacques Pellegrin describió el altum a partir de ejemplares del río Atabapo, y en 1963, Jean-Pierre Gosse describió el leopoldi, nombrado en honor al rey Leopoldo III de Bélgica, que patrocinó la expedición. Todavía en 1967, el ictiólogo Leonard Schultz dudaba de que el altum fuera una especie aparte. Hoy la genética confirma las tres, y además encuentra poblaciones claramente diferenciadas dentro del escalar común. Para algunos especialistas, el género necesita una revisión.

Los primeros escalares vivos llegaron a Hamburgo, Alemania, en 1909. Al principio no fue fácil mantenerlos: todavía en 1929, en Inglaterra, muchos aficionados los creían delicados y caros. Ese mismo año, el reverendo Bartram Stower contó que sus escalares apenas crecían en el acuario, hasta que los pasaron a un estanque climatizado de nenúfares dentro de un invernadero, donde se reprodujeron solos. Fue la primera cría registrada en el país. Para entonces, el escalar ya era llamado el rey de los peces de acuario, una corona que en los años treinta pasaría al disco.

Escalar y disco pertenecen al mismo linaje de cíclidos, los Heroini, y comparten esa forma alta y aplanada. Pero dentro de ese linaje, los estudios genéticos muestran que el escalar tiene su propia rama, la de Pterophyllum, una de las más antiguas y sin ningún otro género en ella. El disco está en otra, la de las mesonautinas, junto al Uaru, el Severum y el cíclido bandera. Tampoco tiene relación con los peces ángel marinos: el nombre es solo una coincidencia.

Después llegó la selección humana. La primera mutación de color en cautiverio fue el gen oscuro: de ahí salió el black lace y, en los años cincuenta, el primer escalar negro. Luego vinieron el marmoleado y el velo; en 1970 apareció en el mercado el primer escalar dorado, y más tarde el koi y un sinfín de combinaciones. Hoy casi todos los escalares del comercio son de criadero, y un estudio genético encontró una diferencia marcada en el ADN entre escalares silvestres del Amazonas y las líneas comerciales. Mientras tanto, el altum sigue siendo difícil de mantener y reproducir, y muchos de los peces que se venden como altum son en realidad escalares comunes de otras poblaciones.

Doscientos años después de que lo confundieran con un pez de mar, el escalar sigue planteando la misma pregunta: qué es realmente. El de los ríos probablemente todavía esconde especies sin describir. El de tu acuario lo fuimos construyendo nosotros, generación tras generación.

Cuidados y Realidades

En los ríos, el escalar común, Pterophyllum scalare, es un pez plateado con barras negras. El que hoy vive en los acuarios es negro, marmoleado, dorado, koi o de velo: más de un siglo de cría en cautiverio lo transformó en un pez más adaptable que su ancestro silvestre. Pero sigue siendo un cíclido, y sigue teniendo el cuerpo de un pez hecho para vivir entre tallos y raíces. Y eso define casi todo lo que necesita.

De jóvenes, los escalares viven en grupo y se mueven juntos por la zona media del acuario. Pero al madurar aparece el cíclido: se forman jerarquías, se forman parejas, y cuando una pareja elige un lugar para desovar, lo defiende. Lo que no hacen es emparejarse de por vida. Un estudio en Brasil observó que las parejas cambiaban de compañero después de entre uno y tres ciclos reproductivos: es monogamia en serie. No es un pez para tener solo: lo ideal es empezar con un grupo de cinco o seis juveniles y dejar que ellos elijan pareja. Eso sí: una vez formada, la pareja puede empezar a acosar al resto del grupo.

Su tamaño engaña. De adulto mide entre diez y quince centímetros de largo, pero con sus aletas puede superar los veinte de alto. Para un grupo de cinco o una pareja, lo mínimo es un acuario de unos doscientos litros, con cien centímetros de frente y al menos cincuenta de alto. Un acuario largo pero bajo no le sirve, aunque tenga muchos litros. Es un pez de agua dulce tropical de dificultad intermedia: no por exigente con el agua, sino por su tamaño y su carácter territorial.

El agua puede ir de veinticuatro a treinta grados, con un pH entre seis y siete y medio. El escalar de criadero tolera bien todo ese rango: lo que le hace daño no es el número exacto, sino los cambios bruscos. Distinto es el altum, que necesita agua muy blanda y ácida, entre veintiocho y treinta y dos grados, y no es un pez para empezar.

El acuario debería parecerse a su hábitat: plantas altas de hoja ancha, como las espadas amazónicas, raíces o troncos verticales, y una corriente suave. Esas hojas no son solo decoración: son donde la pareja va a desovar.

En la naturaleza come sobre todo pequeños invertebrados: crustáceos, larvas de insectos y lo que encuentra entre la vegetación. En el acuario se alimenta en la zona media y alta: prefiere atrapar el alimento mientras cae, y rara vez lo busca en el fondo. Por eso funcionan bien las escamas y los gránulos de buena calidad que se hunden despacio, complementados con alimento congelado o vivo, como artemia, dafnia o larvas de mosquito.

Para elegir sus compañeros hay que pensar en dos cosas. Primero, qué cabe en su boca: es un depredador paciente, y comprado del tamaño de una moneda puede parecer compatible con tetras pequeños, pero cuando crece, pasan a ser presas. Segundo, quién puede morder sus aletas largas: el barbo tigre y el tetra serpae no deben vivir con él. Los mejores compañeros son peces tranquilos y de tamaño mediano: tetras de cuerpo alto como el tetra limón o el tetra negro, corydoras y plecos pequeños como el ancistrus.

La reproducción es donde más se nota que es un cíclido. A partir de los seis a doce meses de edad, la pareja limpia una hoja, un tronco o incluso el vidrio. La hembra deposita una fila de huevos, el macho pasa detrás fertilizándolos, y luego ambos se turnan para abanicarlos con las aletas y retirar los que se dañan. Una hembra grande puede poner más de mil huevos, que eclosionan en unas sesenta horas según la temperatura. Las larvas quedan pegadas a la superficie del desove y empiezan a nadar unos cinco días después. Las parejas jóvenes a veces se comen sus propios huevos, sobre todo si se sienten amenazadas, y suelen mejorar con las siguientes puestas. Si se retiran los huevos, la pareja puede volver a desovar cada siete a diez días. Distinguir macho y hembra es difícil: la diferencia más segura es la papila genital, que solo se ve bien al desovar.

Con buenos cuidados, un escalar puede superar los diez años de vida. Diez años en los que pasa de ser un juvenil que nada en grupo a un cíclido que elige pareja, defiende su hoja y cría a sus alevines. Por eso no basta con que el acuario sea grande: tiene que ser alto, estable y tranquilo. Un escalar no solo necesita espacio para nadar. Necesita espacio para ser un escalar.

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