Comportamiento Funcionamiento del acuario

El lenguaje secreto de los peces

Por Sion Creativos · Actualizado 10 octubre, 2026 · 4 min de lectura · Nivel: Intermedio
El lenguaje secreto de los peces

Tu acuario parece silencioso. Los peces nadan, comen, a veces se persiguen. Pero mientras los miras, están conversando. Se dicen quién manda, quién está listo para reproducirse, quién está herido, quién es del grupo. Y lo hacen por canales que nosotros casi no percibimos.

El primero es el olfato. Los peces tienen narinas, unas pequeñas aberturas en el hocico. No están conectadas con la boca y no sirven para respirar: sirven solo para oler. Por dentro tienen una cámara llena de pliegues cubiertos de células que reconocen sustancias disueltas, y algunas de esas células existen solo en los peces. No necesitan olfatear como nosotros: el agua circula por ahí, y el pez la va leyendo.

¿Y qué hay en esa agua? Lo que los demás peces liberan por la orina, la piel y las branquias. Olores de comida. Hormonas que anuncian que una hembra está lista para reproducirse. En muchos peces de agua dulce, sustancias que salen de la piel cuando uno se lastima y que hacen huir a los demás. Y mensajes sobre quién manda. Por ejemplo, en la tilapia, un cíclido, los machos dominantes acumulan más orina y la sueltan justo durante las disputas, y los rivales que la huelen pelean menos. Los investigadores lo llamaron diplomacia química.

El segundo canal es el color. La piel de los peces tiene células de pigmento, y cada una guarda un solo color. Cuando el pigmento se esparce por la célula, el pez se oscurece; cuando se junta en el centro, se aclara. Los cambios rápidos los controla sobre todo el sistema nervioso, en segundos. Los lentos, como los colores intensos que muchos peces muestran cuando están listos para reproducirse, los controlan las hormonas. Por eso el color es un mensaje que puede cambiar en plena disputa. En varias especies, el pez que pierde oscurece los ojos, y después recibe menos ataques: es su forma de rendirse. Y muchos peces ven colores que nosotros no vemos, incluido el ultravioleta. Parte de esa conversación es invisible para ti.

El tercero es la postura. Antes de morder, muchos peces se exhiben. Se ponen de lado frente al rival y abren las aletas para verse más grandes. Algunos extienden los opérculos, las tapas de las branquias, como hace el betta. Otros se lanzan chorros de agua con la cola. Cada etapa es una prueba: si uno es claramente más grande, la disputa suele terminar ahí. Solo cuando son parejos avanza hacia el contacto. Y el que pierde lo anuncia: pliega las aletas, cambia de color y se retira.

El cuarto canal es el movimiento del agua. A lo largo del cuerpo, los peces tienen la línea lateral, una fila de pequeños sensores que detectan vibraciones. Cuando un rival agita la cola a su lado, el pez no solo lo ve: lo siente. Así recibe información de su rival sin tocarlo.

Y el quinto es el sonido. Muchos peces producen sonidos al pelear y al cortejar. Los gouramis gruñidores, por ejemplo, chasquean unos tendones de sus aletas pectorales. En un cíclido africano, el sonido solo nunca provocó agresión, pero sumado a lo visual la redujo, y el que terminaba ganando tendía a hacer más sonidos.

Los peces no usan estos canales por separado: los combinan. La vista es la que desata las exhibiciones agresivas. El olor, por sí solo, no las provoca; pero sumado a la vista, las suaviza.

Y si juntas todo, aparece un patrón. Con el mensaje químico del dominante, menos agresión. Con sonido, menos agresión. Con el color de rendición, menos ataques. Con la línea lateral, la pelea física tarda más en llegar. Cuanta más información tiene un pez sobre su rival, menos necesita pelear. Pelear cuesta energía y causa heridas, así que primero se comunican.

Por eso, en tu acuario, la pelea física casi nunca es el comienzo de un conflicto. Es la última palabra de una conversación que no alcanzó.

Y hay cosas que pueden interrumpir esa conversación. Un cambio de agua grande diluye los mensajes químicos: en un estudio con escalares, con un recambio del veinticinco por ciento la agresión volvió a la normalidad en una hora; con uno del cincuenta, seguía alta veinticuatro horas después. Un separador transparente impide las mordidas, pero no las amenazas. Y que no haya mordidas no significa que haya paz: un pez oscurecido, escondido, que no sale a comer, también está diciendo algo.

Los peces no necesitan pelear para comunicarse. Muchas veces, ya se lo dijeron todo antes del primer ataque.

El lenguaje secreto de los peces

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